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Autor: Leviatán
Soy futbolero. Lo confieso. Y para los que vivimos en esta ciudad, el fútbol ha sido generoso durante estos días. Primero el Sporting, y ahora la selección nos han pintado una sonrisa de idiotas en la cara, que va a tardar en borrarse.
Es curioso que algo tan trivial, y la vez tan corrompido como el fútbol, sea capaz de convocar tal oleada de felicidad, (en este caso; en otras genera odio por un tubo) de ilusión, incluso en momentos como este en el que la gente está sumida en una incertidumbre del carajo. Incluso yo me he dejado arrastrar por la marea y me llegué a vestir de rojo para ver la final. No salí a la calle a celebrar el triunfo, porque de los grandes tumultos no suele salir nada bueno, porque no soy de agitar banderas ni de cantar himnos, aún menos si son tan cutres como el nuestro (ahí los rusos, los franceses o incluso los británicos nos vapulean), y porque al final de una celebración deportiva se acaba haciendo lecturas patrioteras que me ponen enfermo.
Sin embargo, el triunfo de la selección me llenó de alegría. Y tanto como el triunfo, la manera de conseguirlo. El estilo. El otro día, un periodista del diario italiano La Reppublica, escribía que esperaba que España ganara la Eurocopa, porque los españoles parecían un grupo de niños jugando bajo la lluvia, ante la mirada de su abuelo. Y ahí está para mí la grandeza del asunto, en la recuperación del juego. Cuando somos niños jugamos al balón. Para nosotros no es más que una diversión. Y si al llegar a estas categorías todo es negocio, (por eso al principio decía que el fútbol está corrompido, como por otra parte todo lo que toca el dinero), por unos días hemos visto a un grupo de profesionales de elite, de grandes estrellas, rescatar la parte lúdica del deporte. Unos cuantos tipos jóvenes, jugando con una pelota. Quizá defendiendo su patria. La única verdadera. La que no se quien decía que reside en la niñez.
Leviatán