Faro de Luisu

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Convoyes para el cielo

Colaboraciones > Textos

En memoria de las víctimas del 11M. Autor: Julio Liberal


Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano está rodando por el suelo (…)
M. Hernández

6,15 am:

Aquel día nos habíamos levantado a las seis y cuarto de la mañana; después de ducharnos, arreglarnos, y desayunar ligeramente, bajamos a la calle. Era un día muy especial para nosotros. Por la tarde, Miriam iba a hacerse una ecografía de las llamadas de tres dimensiones. Ya estaba embarazada de más de siete meses, y queríamos "conocer" a nuestro niño. Nos habían dicho que, ese tipo de prueba permitía ver al bebé casi como si de una fotografía se tratase, hasta el punto de, que a veces, se podía saber hasta a quien se parecía. Ese fue el motivo de que Miriam cambiara con una compañera su turno, que normalmente era de tarde. Tenía que estar, en su trabajo, a las ocho de la mañana. A mi esposa le gustaba ser muy puntual; frecuentemente se jactaba de ello, pero aquel día, con el cambio del horario, nos habíamos levantado con el tiempo justo, y andábamos un poco apurados.
Miriam estaba algo nerviosa por ello.

-No quisiera llegar tarde, precisamente hoy, después de haberle pedido el favor a mi jefe -me dijo mientras bajábamos.

6,55 am:

Llegamos a la calle. Yo tenía el coche aparcado a pocos metros, y le ofrecí llevarla a Madrid, pero ella rehusó.
-No te preocupes Pedro, pero creo que llegaré antes si voy en el tren; ya sabes que el hotel está al lado de Atocha. Lo que sí te voy a agradecer es que ahora me lleves hasta la estación, pues hoy no puedo andar deprisa. El bebé no me deja -se excusó, señalándose el abultado vientre.
Nos dimos un fugaz beso, y la dejé a punto de tomar el convoy.

- ¡Adiós amor!, no te olvides de estar a las seis en punto en el doctor, o si es un poco antes mejor, quiero que veamos a nuestro bebé los dos juntos -me dijo.
-No te preocupes Miriam, allí estaré, sin falta.
Aún tuvo que dar una carrerita para no perder el tren. Al llegar a la puerta se volvió y me dijo adiós con la mano.

7,12 am:

Me llamo Gloria Inés; también soy colombiana. Aquel día vi a Miriam entrar jadeando en el vagón, me levanté del asiento y se lo cedí, pues ella ya estaba muy gordita, pero un señor que había junto a mí le dejó el suyo, así es que se puso al lado de la ventanilla, y yo ocupé el asiento del pasillo. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos; se lo referí, y me contestó que desde hacía unos meses tenía el turno de tarde, que aquel día era excepcional, pues lo había cambiado con una compañera para poder tener la tarde libre. Me comentó lo de la ecografía. Estaba muy feliz por su embarazo y ya impaciente por tener el niño en los brazos.

-Lo malo es que cada día está más grande y ya me va costando hasta caminar -se quejó.
Cuando estábamos hablando vimos que un hombre alto y delgado, de tez morena metía una bolsa de deportes, grande, de color azul, bajo un asiento frente al nuestro. Se sentó. Parecía un poco nervioso; pensamos que llegaría tarde al trabajo. Seguimos con nuestra cháchara. Me contó que, Pedro y ella, habían alquilado un nuevo piso en Alcalá de Henares, con una habitación más para el bebé, y la estaban acabando de pintar y arreglar.
-Quiero que el niño tenga todo lo que nosotros no pudimos tener -dijo-. Estamos trabajando mucho los dos, pero estoy muy contenta, pues este país nos ha acogido y nos ha dado la oportunidad de vivir como no podíamos pensar allá, en nuestra tierra. Lo malo ha sido tener que dejar a toda la familia y a los amigos, pero poco a poco nos los iremos trayendo para acá. Esa meta nos hemos impuesto Pedro y yo.
Distraídas con la plática, no nos habíamos dado cuenta que el joven moreno ya se había marchado, pero se había dejado la bolsa olvidada.
-¡Pobre! -Comentó Miriam-, hoy se queda sin comer.
Estábamos llegando a la estación del Pozo. Era casi las ocho menos veinte. Sentimos sonar un teléfono móvil por el fondo del vagón. Nadie contestaba. Acto seguido se produjo un gran estruendo, noté que el suelo se movía bajo mis pies. Me levanté de un salto y salí corriendo en el sentido contrario. Miré para atrás, Miriam también venía, pero más retrasada por su impedimenta. De pronto sonó otra explosión, ahora muy cerca de donde nos encontrábamos; el vagón se llenó de una espesa humareda. Caí al suelo. Noté que alguien tiraba de mí y me sacaba, por un boquete que se había abierto en el vagón. No volví a ver a Miriam.

8,15 am:

-Me encontraba metido en uno de esos atascos tan habituales en Madrid, y pensé "-que bien ha hecho Miriam en no venir conmigo, pues no habría llegado a tiempo a su trabajo-". Llevaba la radio del coche conectada. Debían ser alrededor de las ocho y cuarto, cuando interrumpieron la emisión y dieron la noticia de unas explosiones en varios trenes. Por un momento me quedé sobrecogido, pero luego pensé que no podía ser que le hubiera tocado a Miriam; seguro que ella ya estaría en el trabajo. Seguí escuchando, dijeron que sucedió antes de las ocho, en diversas estaciones, y que habían ocasionado decenas de muertos y heridos. Comencé a ponerme nervioso, y, en cuanto pude, aparqué a un lado de la carretera. La llamé a su móvil, pero no contestaba. Busqué en mi celular el teléfono del hotel donde trabajaba. Cuando pregunté por ella me dijeron que aún no había llegado, pero que no me preocupara, pues se había producido por la estación de Atocha un grave accidente, y todo el tráfico estaba desquiciado aquella mañana. Lejos de tranquilizarme, me puse aún más nervioso. Yo conocía muy bien como reaccionaba Miriam, y sabía que si estuviera en un atasco, pero no le hubiera pasado nada, me hubiera llamado al móvil para que yo no me alarmara si oía la noticia.

Miriam es colombiana, como yo, y por las mismas razones, entre las que destaca la inseguridad de nuestro país, se aventuró a venir a España. Un primo mío me la presentó una tarde en un baile de Alcalá de Henares, y me llamó poderosamente la atención sus grandes y negros ojos. Luego, cuando la he ido tratando, me he dado cuenta de que es una mujer excepcional. De su personalidad destaca la bondad, y su seriedad en todo cuanto hace, pero, a la vez es muy alegre y chispeante; le gusta mucho bailar. A veces parece una niña. Nos casamos y hemos sido muy felices durante los cuatro años que llevamos juntos ¡No sé que haría sin ella!

Ante la falta de noticias, decidí ir hacia Atocha, para averiguar por mi mismo como estaba la situación, pero antes llamé a mi jefe y se lo comuniqué. Él se portó muy correctamente; me dijo que lo primero era que encontrara a Miriam con bien, y me tranquilizara. Con mucha dificultad, por el tremendo tráfico que había, logré llegar hasta las inmediaciones de la estación, pero no pude pasar, ya que la policía tenía acordonada esa zona.

Dejé el automóvil en una callecita paralela a la de Atocha. Crucé la glorieta y vi una fila interminable de ambulancias. Pregunté a un policía donde podía informarme sobre una persona, que era posible viajara en uno de los trenes. Me dijo que estaban llevando a las víctimas un poco más abajo, en la misma Avenida Ciudad de Barcelona, a un polideportivo que aún no habían inaugurado, y que, por el momento, lo habían habilitado para ese menester. Le di las gracias y salí corriendo para allá. Aquel edificio era muy grande. Aún jadeante, por la carrera, pregunté a la primera persona que me encontré, y me mandaron a una especie de oficina de información que habían montado a tal fin. Me preguntaron el nombre de mi esposa, y miraron en una lista; después en otra, y me dijeron que no estaba en ninguna de las dos, pero que era posible que la hubieran enviado al hospital Gregorio Marañón o a cualquier otro. Durante el tiempo que estuve en el polideportivo, los camilleros entraban más y más personas heridas, o quizá muertas. Salí; crucé la calle, y paré al primer taxi que pasaba. Debía llevar reflejada en la cara la desesperación, porque el conductor me preguntó qué me pasaba. Cuando le expliqué a lo que iba al hospital, me llevó con la mayor rapidez que pudo, y no quiso cobrarme la carrera.

-Aquí le espero -me dijo-, por si tengo que llevarle, de nuevo, a algún otro sitio.
Y así fue, pues en ningún hospital me daban razón de Miriam. Nos recorrimos todos los hospitales de Madrid. Ya, por la tarde, me encontraba desalentado, cuando el taxista tuvo una idea. Llamó por el radio teléfono a su central.


18,30 pm:

-Mire -me dijo-, me han dado cierta información, pero…, no quisiera que su esposa estuviera allí.
-¿Por qué no?
-Creo que están enviando a los fallecidos a un pabellón de IFEMA.
Sentí que un escalofrío me recorría la espalda.
-Vamos -le pedí- y que sea lo que Dios quiera. Ya no puedo más con esta angustia.
Llevaba mucho tiempo sintiendo la corazonada de que no volvería a ver a Miriam con vida.
Cuando di el nombre y apellido de mi esposa, la recepcionista, me hizo esperar un momento, y llamó a alguien por un teléfono interior. Al cabo, un hombre joven se aproximó. Era un psicólogo. Éste me tomó del brazo, y me llevó a un lugar apartado. Me invitó a sentarme.
-¡Mala suerte! -comenzó a decir…

Me desplomé en el sillón. Estaba vencido, hundido, derrotado. Todo el cansancio se me manifestó de golpe. Mi cabeza me daba vueltas, y comenzaron a zumbarme los oídos. Me invadió una especie de vértigo. Creo que el psicólogo trataba de consolarme con frases hechas:

-"En realidad, su esposa no ha sufrido; ha debido morir en el acto…." yo no le escuchaba, en su lugar, entre brumas, veía a Miriam diciéndome ¡Adiós!, con la mano.

Como un autómata me levanté, y eché a andar. El taxista seguía esperando en la puerta. Me abracé a él y lloré. Lloré como nadie ha llorado. Como solo un hombre llora cuando ha perdido todo lo que más quería, aferrado a aquel compañero en mi dolor, que había seguido paso a paso mi largo peregrinar en la búsqueda de Miriam; él conocía mis angustias, mis inquietudes y temores.

Llevo seis años como un muerto viviente. La vida para mí ya no tiene sentido. Nunca me perdonaré no haberla convencido para que viniera en el coche conmigo hasta Madrid.

Aún no puedo creerme lo que pasó aquél aciago día. No hago sino preguntarme…


¡¿Por qué?!




Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado (…)
M. Hernández



Este es un relato de ficción basado en un hecho real; el atentado terrorista del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Los nombres, y las nacionalidades de los personajes han sido cambiados convenientemente. En humilde y respetuoso homenaje a las víctimas, familiares, y a todos cuantos prestaron su ayuda en aquellas tristes y fatídicas jornadas, en este, su 6º aniversario.

J.L.

Marzo de 2010

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