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Autor: José Muñoz Blanco
Prólogo
Hace tiempo, un buen amigo y compañero de trabajo en un lugar de La Mancha, y hasta hoy como si fuera un hermano, escribió una historia que integraba un libro no editado que he seleccionado, por la solidaridad y humanidad que refleja en ella, ahora en estos tiempos de crisis de todo orden, con sus goterones de codicia, avaricia y de fraude. De ausencia de valores y escasez de principios morales. Donde todo vale con tal de medrar.
Este libro que ahora repaso, es uno más de los 14 que lleva escritos, solo por gusto y placer, y por ahuyentar el aburrimiento una vez jubilado de su actividad laboral, situación que le ha permitido dedicarse a su gran vocación, sin ningún ánimo de lucro, solo para lectura de su familia y amigos.
Desde muy joven tuvo que ponerse a trabajar como maestro para impartir enseñanza y posteriormente dedicar gran parte de su vida en la banca.
Solo le han editado su interesante obra: La Catedral de Toledo. Digo, le han, porque fue una sorpresa que le dieron sus hijos, y que él desconocía.
Actualmente está realizando un intenso trabajo sobre su querida Ciudad Imperial, en la que pasó parte de su vida, aunque nació en Escalona del Alberche.
Dicen que la pluma es la lengua del alma, y Sarmiento escribía. "Que dos renglones de un escritor bastan para medir su capacidad, así como un puñado de trigo que tomamos de la parva revela la calidad de la cosecha".
Por ello, estimo que sus escritos forman cuerpo para la obra de varios libros, que el autor, por su sencillez, humildad y prudencia rechaza editar, pese a las reiteradas recomendaciones que ha recibido en ese sentido.
De la pluma de JOSE MUÑOZ BLANCO, nombre del personaje, se desprende un alma sencilla y noble, que narra las cosas con gracia y buen dominio del idioma. Consigue hermosas historias, mezcla de vivencias e invenciones. Narraciones entrañables que descienden al fondo del corazón humano, animado por el amor a sus semejantes. Rezuman el buen sentido del humor que siempre ha enriquecido su vida. Por todo ello consigue que la lectura de sus escritos sea amena y entretenida.
Ahora deseo rendir sencillo pero sincero homenaje a este interesante pero desconocido escritor para el público en general, considerándole bienaventurado por no desear mayor felicidad, además de la que le proporciona su extensa familia, la que encuentra en su trabajo literario en el atardecer de su vida; rogándole al señor farero publique en su faro la historia EL PELUQUERO, que transcribo a continuación, y que espero sea del agrado de quienes lo lean.
Madrid, Junio 2009
Eugenio
EL PELUQUERO
Hace ya años, bastantes, cuando el segundo de mis hermanos contara apenas 12 y yo por cumplir los 15. Mi madre nos lo venía repitiendo: ¿cuándo vais a ir a cortaros esas “melenas”?. Ciertamente nos hacía falta puesto que el pelo nos tapaba ya orejas y cuello. Y tanto insistió y tanto nos era necesario un arreglo, que no tuvimos mas remedio que ir a la peluquería.
Intrigante, como desvelando un secreto, se lo dije a mi hermano: “Verás; me han dicho que aquí cerca hay un barbero que cobra la mitad”. “No Vamos a ir al de siempre sino a este otro y así nos ahorramos una peseta para gastárnos nosotros” (el cortar el pelo costaba entonces en cualquier peluquería una peseta, mientras que este otro cobraba sólo dos reales).
Dicho y hecho.Entramos pues en aquel local que de peluquería, comparada con las restantes, tenía bien poco, por no decir nada. Un sillón de barbero de los de madera, con asiento y respaldo de rafia, más que deteriorado por el uso. Frente al mismo, colgado en la pared, un enorme espejo roto en el que buena parte del azogue se había perdido. Una jofaina o palangana descascarillada, con palanganero de hierro forjado y un jarro de metal; una especie de mesilla de noche sobre la que colocaba la navaja, la brocha, el jabón y demás menesteres y dos sillas desvencijadas para la posible clientela. Un taburete de madera para uso de los pequeños y poco más. Completaba la ornamentación de aquel establecimiento una bombilla, sucia por demás, colgada del techo del local.
Naturalmente un solo operario. Hombre mayor, poco aseado, sin afeitar de varios días, que cubría su vestir con una bata que debió ser blanca ha mucho.
Lo apodaban “El Marica”, y por sus ademanes, por su decir y por lo que nos hizo como luego comento, para mí, que quien así le llamaba lo conocía en profundidad. Hoy, de tales personas suele decirse que “pierden aceite”; éste de mi historia, aparte de aceite debía perder, además, como poco, espuma de jabón. ¡En fin no voy a distraerme en pormenores que no vienen al caso!
Entrados en aquel “antro”, ayuno de clientes, nuestro hombre nos saludó muy amablemente -quiero pensar fuimos los primeros de aquel día- preguntándonos por cual de los dos empezaba. Empujé a mi hermano, según costumbre que aún conservo de dar preferencia a quienquiera que sea.
Tras hacer subir en el taburete, apoyando las manos en el respaldo del sillón, de frente al espejo, le pregunta qué va a ser. Mi hermano le dice: “Córteme el pelo a raya”. Nuestro hombre, no se molestó ni tan siquiera en saber a que lado llevaba tal raya; a izquierda o derecha. ¿Para qué?. Coje la maquinilla del doble cero y poniéndosela a mi hermano sobre la frente, por encima de los ojos, inicia el corte por la parte frontal, mandando al garete al flequillo y marcando un surco de tres centímetros de ancho, desde el frontal al cogote. ¡Dios míos!. Mi pobrecillo hermano enmudeció de golpe. ¡Bien le recuerdo con los ojos que le bailaban de asombro, mirándome a través del espejo como pidiendo socorro!. A mi también se me debió helar la sangre, porque, ni pude, ni quise, ni supe articular palabra.
El marica aquél, ahora ya el apodo lo había hecho mío, prosiguió en su tarea, mondando literalmente la cabecilla de mi hermano. No sé si la humedad, el aguilla que noté en sus ojos, se debía a algún pelillo que pudiera habérsele metido, o, por el contrario, eran lágrimas que, por vergüenza o rabia no dejaba salieran a superficie. Ciertamente, acabada la tarea, mi hermano no se parecía al que entrara allí hacía escasos momentos. Al menos yo no lo reconocía y por supuesto, creo que tampoco le hubiera reconocido la madre que le parió.
¡Hala majo! Le dijo el buen señor, silabeando y tragando saliva de forma que no disimulaba sus aficiones. Y mientras le daba un cariñoso pescozón y le ayudaba a bajarse del taburete, me invitaba a mí a tomar asiento en el sillón del barbero. Sin duda consideraba que yo era el mayor.
Con el silabeo acostumbrado me dice: “A tí ¡Como te lo corto?”
Dudé un momento. Ya dije antes que llevaba un buen rato durante el cual había perdido la voz. Miré a mi hermanillo, de pié, a mi lado, asustado, acobardado y pelón, a punto de empezar a llorar, lo que me produjo un profundo pesar. Y sentí que mis ojos también se me llenaban de lágrimas.
Fue solo un instante. Sacando fuerzas de flaqueza; haciendo un poderoso esfuerzo a fin de articular palabra, lo que conseguí de pronto, le respondí resuelto: “A mí, igual que a mi hermano”.
En resumen. Era diciembre y al salir a la calle, el frío de la mañana se nos metió ¡De que manera! Hasta el cerebro. Cualquiera que nos viera pensaría que pertenecíamos a algún correccional, incluso al Ejército -tal vez de cornetillas- en el que hubieramos sido castigados de forma despiadada y expulsados de mala manera.
Durante el camino, ni mi hermano ni yo intercambiamos palabra alguna. Cogidos de la mano, nos dirijimos a casa, en la que al vernos, nuestra madre exclamó: “¡Hijos! ¡Santo Dios! ¿Qué os han hecho?”
Yo quise explicarle, pero no pude. Me limité a decir mientras alargaba mi mano: “Toma madre, una peseta que nos ha sobrado”. ¿Para qué queríamos nosotros ya ese dinero, si con aquella estampa mejor era quedarse en casa por largo tiempo?.
Pero mi madre, mujer de recursos, encontró la solución. Nos alistó a los dos en el Frente de Juventudes de la Falange. Ello nos obligó a ir todo el invierno y toda la primavera vestidos de “Flechas” -camisa azul y pantalones grises- que por aquel entonces, aparte de que nos lo daban gratis, no desentonaba; antes al contrario, denotaba “cierta clase”.
Verdad era que resultaba un tanto repetitivo, viéndonos todo el mundo y a todas horas -en la escuela, en misa, en el paseo (Miradero, Zocodover, calle Ancha, donde fuera), siempre vestidos de “falangistas”
Mas he de reconocerlo, y lo reconocimos los dos, que ello nos sirvió de alivio frente al frío imperante, toda vez que, como el uniforme de Falange se completaba con una boina roja, aquella boina que no nos quitábamos ni para comer, también nos sirvió para disimular y ocultar a quienes nos vieran, aquellas “bola de billar” en que había convertido nuestras cabezas aquel “mariquita”.
José Muñoz Blanco