Faro de Luisu

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La noche que tú y yo nos los hicimos

Colaboraciones > Textos

Autor: Roke

La noche en que tú y yo nos lo hicimos fue en un hostal de mala muerte. El reflejo intermitente del neón se colaba por las rendijas de las persianas bajadas. Demasiadas ganas y nada que perder. No debíamos guardar secretos, porque no nos conocíamos. Bastó una mirada para que el milagro se produjera. Yo desabrochaba tu blusa y tú bajabas mis pantalones. Yo miro tu cara y tú tocas mis labios, lentamente, con la prisa contenida. Las paredes de color salmón daban vueltas sobre nosotros. Nadie sentía el miedo. Nadie podía imaginarnos. Tú sentías lo mío en tu boca. Yo lamía lo tuyo. Nada nos pertenecía, nada nos robamos. Todas tus manos eran olvido. Todas mis manos eran pliegues y arena. Giramos como peonzas. Cuando nos acercábamos, nos repelíamos. Cuando nos alejábamos volvíamos a buscarnos. Aquella melodía se ahogó en gemidos. El sonido de los coches nos recordaba lo que hacíamos, durante pequeños segundos. Los segundos que creíamos no sucedía lo que sucedió.

La noche que tú y yo nos lo hicimos. La vida se paraba por instantes, los sudores, el olor, los paladares, el tacto y lo sentido en suma. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban no alcanzábamos a comprender lo ocurrido. Jamás me había sentido tan húmedo. Jamás una mujer en mis brazos se había transformado en agua. La locura se encontraba en un cuerpo desconocido, en un rostro, que hasta ayer me era ajeno. Había tanta humanidad en esas cuatro paredes. Había tanta hospitalidad en tu cara. No podía creérmelo. Lloraba cada vez que te corrías. Tú sonreías.

La noche que tú y yo nos lo hicimos. Nuestras mentes sirvieron a un solo propósito. Nos propusimos ser buenos. Tú conmigo. Yo contigo. Nosotros con nosotros mismos. Ya no quedaba nada que entregar. Nadie se detenía primero. Nadie quería esconderse. Nadie fijó puntos de partida, ni momentos para el descanso, ni lugares comunes, tampoco cotos vedados. Queríamos llegar y nunca llegábamos. Queríamos detenernos pero repito: no nos pertenecíamos. La vida tiene momentos inmensos, muy pocos. A veces pueden contarse con los dedos de una mano. La vida pocas veces explica su sentido. De ti depende entenderlo. Nosotros lo entendimos.

¿Quizás, la desesperación es maestra de ceremonias? ¿Quizás, tras la humillación viene la desazón, la esperanza, el cielo y el todo? Ya nada seria igual. ¿Cómo podía no haberte imaginado nunca? La moneda de oro enterrada en la arena dentro de un sueño infantil. Aquellos besos remotos, las yemas de los dedos multiplicadas por mil y las cinturas rotas, en quiebros, en fintas, en dolorosos espasmos. Me decías que tenías a Dios dentro de ti. Me decías que no dijera nada y yo te llené por dentro de sonidos guturales hasta la extenuación. Me mostrabas una por una tus partes vírgenes. Yo mancillé uno por uno todos los lugares sagrados.

Al final llegó el final.

Fue la noche que tú y yo nos lo hicimos.

Rocke



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