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Autor: Eugenio
Esta tarde recordaba el famoso sueño que manifestó Martín Luther King, clérigo y premio Nobel de la paz norteamericano, uno de los líderes para la defensa de los derechos civiles e importante defensor de la resistencia no violenta a la represión social. Su histórica frase “Tengo un sueño” representa una de las expresiones clave del discurso que pronunció ante unas 250.000 personas en el Park Lincoln Memorial, en Washington, y ante la estatua erigida al Presidente Abraham Lincoln el 26 de Agosto de 1.963. Posteriormente fue asesinado el 4 de Abril de 1.968 en la ciudad de Memphis, ciudad adoptiva del rey del rock and roll, Elvis Presley.
Mi recuerdo al famoso premio Nobel de la paz americano, viene a colación por otro sueño que hace poco tiempo había tenido mi amigo Fidelio y que, bastante emocionado, el consideraba como una premonición. Por el interés que me produjo, intentaré reproducirlo con la mayor precisión que mi memoria me lo permita.
Soñaba mi amigo que se encontraba en un pueblo aparentemente admirable, pero que no acertaba a recordar su nombre, donde florecía la verdad y otras excelentes virtudes, que sus pobladores tenían como estandarte en su quehacer diario, y estaban dichosos y felices con su destino.
Sus vidas transcurrían por senderos de paz y concordia, pues el adalid que les dirigía había conseguido llevarles con plena armonía y de común acuerdo en los asuntos trascendentales, en una convivencia ejemplar que era la admiración de los pueblos periféricos.
Las dos agrupaciones principales de cabecillas que formaban la alternancia para dirigir los destinos de aquél pueblo, aunque discrepantes en sus puntos de vista triviales, en lo fundamental, siempre por el bien de sus gentes, estaban de acuerdo en los asuntos importantes, carentes de resentimientos, envidias, soberbias o egoísmos.
Me comentaba mi amigo Fidelio, en relación a la enseñanza, el orgullo que sentían los padres por la alta formación cívica y el elevado grado de cultura obtenida por sus hijos; la importante conciencia en el respeto a las personas mayores y en particular a los padres, y muy especialmente a las personas docentes. Muy centrados en los valores eternos, con buenos principios morales y éticos en general, por lo que la sociedad de aquél pueblo, me explicaba Fidelio, la veía como un sólido faro, estable ante las olas, los vientos y las tormentas en el devenir de tiempos futuros.
Asimismo me contaba, que enterraron felizmente en el olvido el resentimiento por trágicos episodios que vivieron en tristes tiempos pasados.
También recuerdo con cierta nitidez, que en su sueño veía la plena satisfacción de las gentes de aquél pueblo, por la laboriosidad, la eficiencia y su amor al trabajo, por el afán de superación y responsabilidad en plena evolución económica y demanda de mano de obra abundante, y por invertir en nuevos proyectos de investigación y desarrollo, conforme la incentivación de sus dirigentes, y de las importantes ayudas dinerarias que ponían a su disposición las casas de crédito.
En su sueño, decía emocionado que los dirigentes que alternaban la administración del pueblo, practicaban la virtud y eran probos e incorruptibles, y rigurosos en la aplicación de la justicia, que respetaban escrupulosamente como resultado de su feliz convivencia.
Fruto de la paz que gozaban era su gran austeridad en administrar los caudales que aportaban los confiados ciudadanos para el desarrollo de su pueblo, evitando el derroche y mejorando la actividad con adecuado número de funcionarios públicos. Fomentando y premiando el ahorro, la laboriosidad, el esfuerzo y la responsabilidad por el trabajo bien hecho. Penalizando la chapuza, y a los gandules, zánganos, negligentes, pícaros y vividores, más prestos a la galbana que a laborar por su pueblo.
Creo recordar que Fidelio me contaba, de su peculiar sueño, que presidiendo la entrada de un gran salón, donde parece ser se reunían los notables de aquel extraño y original pueblo, había una placa en mármol blanco, en el que estaban esculpidas en letras de oro el siguiente texto: “Nunca te dejes alucinar por sueños y fantasmas, y solo esperes el resultado de tus esfuerzos, pues el hombre debe buscarse su porvenir y fortuna por medios honrosos”.
Hace unos días me llega la noticia de que mi amigo Fidelio se encuentra internado en un centro de salud para enfermos mentales, aquejado, según le han diagnosticado, de una fuerte conmoción que le produjo volver a la realidad después del sueño idílico que había tenido.
Como aquél vigoroso americano, que murió soñando ver fortalecidos los derechos cívicos de la comunidad negra, la sensibilidad de Fidelio, que siempre soñaba con un mundo mejor, no ha podido resistir la aflicción que le produce lo que en cascada viene sucediendo en su querido e histórico Pueblo. Reactivando sus dirigentes el recuerdo de las pendencias civiles del pasado y permanecen indolentes y desorientados ante los retos del futuro. Más interesados en medrar personalmente que en laborar por su Pueblo. Reconvertidos en castas, cuyo principal estímulo es mantenerse en el poder para incrementar privilegios.
Dirigentes que no les falta osadía para abrumar a los sacrificados ciudadanos, incrementando impuestos, pero recortando pensiones y salarios. Permitiendo subidas abusivas de los elementos básicos para poder subsistir.
Con evidente insolvencia y patética incapacidad para disminuir la larga y vergonzosa lista de desempleados, destacando la alta cifra que corresponde a la juventud, motor de toda sociedad, con dejadez de no haberla inculcado los valores de autoestima y del esfuerzo para valerse por sí mismos, que no obstante los más competentes tienen que emigrar hacia otros horizontes para asegurar su futuro.
Mientras que unos y otros dirigentes pasan el tiempo fabulando sobre un hipotético esfuerzo solidario, para solucionar los graves problemas que sufre la mayoría, olvidan que también están obligados a evitar el lamentable absentismo laboral y la baja productividad.
Los mismos que exigen jubilarse a los que laboran cumplidos 67 años, pero que no son capaces de evitar los frecuentes ERES, despachando a los que cumplen no muchos más de los 50. Que han favorecido la cultura del mínimo esfuerzo, acostumbrando a una sociedad acomodada a depender del subsidio, a que gaste más de lo que recibe y a ser permisivos con los que exigen más los derechos que cumplir sus obligaciones. Son los que han hecho trizas el legado recibido, y en particular el adalid flemático y contradictorio que actualmente dirige el sufrido Pueblo, con su peculiar frivolidad en la improvisación y simulado optimismo.
Y con ese panorama, los que deben dirigir el destino de su Pueblo siguen enzarzados en disputas sibilinas, entre si son cúmulos, cirros, estratos o nimbos los nubarrones que amenazan a los ciudadanos, cuando éstos les sugieren angustiados apliquen el sentido común, para capear el temporal que se atisba en el horizonte como galerna peligrosa, que puede llevar a todos a la deriva. Evitando no se cumpla lo que se dice en la siguiente frase del escritor y científico alemán Georg Christoph Lichtenberg: “Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto”.
Eugenio