-???-
Colaboraciones > Textos
(El corazón de Giuseppe Anselmi)
Autor: Julio Liberal
Hace algún tiempo tuve ocasión de asistir a una visita guiada al teatro Real de Madrid. Por fortuna me acompañó una excepcional cicerone, perteneciente a la Asociación de Amigos de la Ópera. Estos “amigos” realizan una gran y voluntariosa labor, enseñando, en sus ratos libres, a grupos de curiosos, como yo, no únicamente el magnifico edificio. Al mismo tiempo, en el recorrido por el famoso coliseo, y sus suntuosos salones, el escenario, el patio de butacas, los bellos palcos, y hasta el “paraíso”, nos iba relatando la historia de este singular teatro, desde la época en que se llamaba “de los Caños del Peral”, y nos contó tantas anécdotas, que nos resultó interesantísima la visita.
Despidiéndome de la guía, y agradeciendo sus magnificas y sugestivas explicaciones, recordé, que en mis años de asistencia al Conservatorio de Música, y a Juventudes musicales —ahí es nada, cuando yo tenía 16 o 17 años, que ya ha llovido desde entonces, a pesar de la “pertinaz sequía", como se denominaba en aquellos años del franquismo—, en uno de los mentideros, (no recuerdo en cual de los dos) habían contado una anécdota, sobre un tenor italiano que había donado su corazón al entonces recién inaugurado museo del teatro, en el año 1925. El mismo cantante había escrito una carta años antes anunciando la donación. Así es que, a punto de marchar, me atreví a preguntarle, a nuestra amable y culta guía si conocía la anécdota. Ella me dijo que no, pero que le parecía interesante, e indagaría al respecto.
Durante los siguientes días, por mi parte también investigué en la Red, y en algunas bibliotecas, y esto es lo que averigüé del tema.
El citado tenor se llamaba Giuseppe Anselmi, había nacido en Nicolosi, cerca de Catania (Sicilia), en 1876.
Anselmi debutó en el Real el 27 de enero de 1907. Había cantado en toda Europa y en América, cosechando grandes triunfos, pero, sin duda, donde causaría una autentica revolución, fue entre la afición madrileña, la cual lo acogería, desde el primer momento, como algo propio. Además de cantar tocaba el piano y el violín, y su voz fue catalogada como carusiana pero más refinada y aterciopelada. Anselmi buscaba siempre la musicalidad y la ternura en el fraseo. En pocas semanas su popularidad se hizo general en todos los ambientes de Madrid. Convivió con todas las clases de la ciudad, hasta con las más populares. Fue un enamorado de España y singularmente de Madrid, con cuyo pueblo amaba mezclarse en verbenas y merenderos, o en los bailes de las Vistillas o la “Bombi”, durante sus estancias en la Villa y Corte para cantar en el Real. Las féminas le adoraban, pues, a su natural simpatía arrolladora, se unía una singular belleza y distinción. En el escenario era meticuloso, elegante en el cantar, en el vestir, y en el medir los pasos y las distancias en cada escena. Pepino Anselmi amaba a España, y en sus brindis siempre hacía gala de ello.
La primera guerra mundial truncaría su exitosa carrera, pues fue llamado a filas, para combatir en Italia.
Después de tres años pudo volver a su trabajo, pero ya nunca sería el mismo. Anselmi se retiraría a Italia, donde ejercería la docencia, pero no se olvidó de España.
En 1924 y a iniciativa de Tito Schipa, y del empresario del Real Luís París, se había decidido crear un Museo-Archivo del teatro Real, y comenzaron a recopilar recuerdos de cuantos artistas habían dejado huella en este teatro. Requerido Anselmi para tal menester en atenta carta por Luis París, y cuando todos pensaban que enviaría alguna de sus empolvadas pelucas de Mannon, o alguna cosa así, se recibió una conmovedora carta fechada en Rapallo (Italia) el 12 de junio de 1925, dirigida a Luís París, en la que declaraba, con sencillez, que había dado todas las disposiciones testamentarias, para que a su muerte su corazón en el que están grabadas, con indelebles caracteres las palabras España, FÉ, GRATITUD, y AMOR, fuese depositado en dicho Museo, junto al busto del divino Gayarre, según sus palabras textuales.
No pensaba el cantante que habría de ser tan pronto, pues su fallecimiento ocurrió antes de un lustro, cuando aún no había cumplido los cincuenta años.
En 1929 llegó a Madrid la preciada reliquia, en un ancho frasco de cristal, dentro de una caja de madera con asa de metal. Por problemas en la frontera, fue llevado primero al museo de antropología, donde fue disecado por el doctor Cortezo, el mismo que años antes disecara la laringe del famoso tenor Julián Gayarre. Después, en 1931 ya fue alojado en el edificio del Teatro Real que estaba cerrado desde1925, conservándose también la carta autógrafa de Anselmi, en la que prometía a Luis Paris su corazón cuando muriera. En 1936 falleció Luis París, sucediéndole en el cargo de director del Museo-Archivo, Fernando José de Larra (no confundir con Mariano José de Larra). Allí continuaba el corazón, en un recipiente de vidrio, en su caja de madera y el asa de metal.
Durante la guerra, el teatro fue utilizado para diversos fines, llegando incluso a ser polvorín de las tropas republicanas, que estalló parcialmente. Finalizada la contienda, es ratificado Larra como director del Museo-Archivo, y este parte hacia el teatro por ver si aún podía rescatar aquel legado. Entre ruinas se lo localizó, roto el cristal y muy cerca de él se encontraba el corazón momificado y empequeñecido, en el que se reconocía perfectamente la salida de la aorta. Lo recogió, con todos los efectos, alhajas, reliquias y recuerdos, que tuvieron a partir de entonces una vida bastante errante, hasta que creado en Almagro el Museo del Teatro tuvo por fin el legado del Real una sede fija. Allí permaneció desde entonces el órgano más preciado del tenor siciliano, tan enamorado de España, como para donarlo a los madrileños. Su deseo de permanecer junto al busto del “Divino Gayarre”, se cumplió a medias, ya que, en 1993, cuando se constituyó la Fundación Gayarre, pasó a engrosar los fondos de la Casa Museo, en El Roncal.
Curiosamente, ninguno de los dos tenores eran madrileños, pero, eso no fue óbice para que fuera en la capital de España donde obtuvieran sus mayores y más resonantes triunfos.
Mayo de 2009-05-22
J. L.
Bibliografía: «Pliegos de Rebotica», Jesús Arnuncio Pastor n.º 84 (octubre/diciembre de 2005).