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miércoles, 25 de noviembre de 2015

Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer

Este literal constaba en el asunto del mail que me envió ayer Mari Cielo y en el cuerpo del correo me indicaba que sería de interés dar a conocer el conmovedor relato que me transcribe. Se trata del relato ganador del Primer premio del certamen de narrativa breve Carolina Planells contra la Violencia de Género 2012 (Paiporta, Valencia).

Dicho y hecho, Mari Cielo. Como muestra de repulsa y rechazo total de la violencia contra las mujeres y en solidaridad con las víctimas de la barbarie, salvajada y sirazón, os transcribo "NUNCA DEJES QUE EL ARROZ SE ENFRIE" de Susana Gisbert.




NUNCA DEJES QUE EL ARROZ SE ENFRIE


“Nunca dejes que el arroz se enfríe”. Esa frase se había colado en mi cerebro y hacía varias noches que entorpecía el ya difícil sueño de un sillón en una habitación de hospital, persiguiéndome durante todas esas noches en duermevela. 

Llevaba ya varias veladas pernoctando en aquel sillón, junto a la cama de mi madre, que descansaba, en el limbo de la inconsciencia, víctima de un fulminante infarto. El peligro –o al menos el peligro de muerte inminente-, afortunadamente ya había pasado, y mi madre había sido trasladada de la Unidad de Cuidados Intensivos a una habitación donde tenía la suerte de poder estar a su lado. Teóricamente, estaba mejor, y debería haber recuperado casi totalmente la consciencia. Pero ahí estaba, con sus tubos y sus goteros y todos sus artefactos médicos, obstinada en no abrir los ojos. Y casi simultáneamente a su bajada a la habitación, empezó a aparecerme aquel mensaje que se empeñaba en quebrar el poco descanso que tenía: “nunca dejes que el arroz se enfríe…” 

Pero es que no era para menos. Aquella frase fue lo último que dijo mi madre justo un instante antes de que su corazón se partiera en dos y cayera fulminada al suelo, víctima del ataque que hoy la encadenaba a la cama. En ese momento, le di tan poca importancia que prácticamente la borré de mi mente, claro está, ocupadísima en hacer todo lo que fuera preciso para salvar su vida. La llamada a emergencias, la ambulancia, el rápido traslado al hospital, el crudo diagnóstico y aquellos momentos angustiosos en los que casi la pierdo para siempre. Pero, una vez hubo pasado el peor momento, la frase empezó a habitar en mi mente y a hacerse su dueña, ocupando cada vez más espacio: “nunca dejes que el arroz se enfríe..” 

Y el caso es que, por más que pensaba, no tenía ni la más remota idea de lo que quería decir ni a qué aludía mi madre. Desde luego, en modo alguno podía referirse a algún guiso que estuviera haciendo, ni a ningún banquete al que pretendiera ir porque mi madre, y eso era lo más curioso, jamás probaba el arroz ni lo cocinaba. 

Yo nunca di importancia a tal cosa, todo el mundo tiene sus manías culinarias, y vete tú a saber si no lo habría aborrecido en alguna ocasión, como yo aborrecí las lentejas después de muchos años de comerlas obligada en el colegio. No tendría nada de raro que así fuera, máxime en un pueblo de Valencia como aquél en que se crió, donde no hay celebración que se precie si no va acompañada de una buena paella. A mí nunca me preocupó lo mas mínimo, jamás dediqué más de un minuto de mi tiempo a esa aversión de mi madre por el arroz. 

Pero lo bien cierto, es que lo de mi madre iba más allá de una manía. Nunca acudía a celebración alguna donde el arroz fuera el leit motiv, jamás se acercaba a concursos de paellas, tan frecuentes en las fiestas del pueblo, ni a esas cenas multitudinarias ante un caldero de arroz con marisco que se organizaban anualmente para recaudar fondos para las fiestas. Bien pensado, debí ser la única niña de aquel pueblo de Valencia que no se crió a base de arrocitos caldosos –que era como se llamaba entonces a ese arroz meloso que hoy todo el mundo ensalza-, y que no comía los domingos paella de la abuela. Lo bien cierto es que mi abuela se afanaba en darme un platito de arroz cuando comía con ella mientras mi madre no estaba, pero nunca puso un plato de arroz en la mesa si mi madre iba a venir. En esas ocasiones, yo devoraba mi plato con fruición pero más allá de ese detalle, nunca lo eché de menos. Una vez recuerdo que le pregunté por qué no hacía nunca arroz cuando venía mi madre, con lo rico que estaba, pero me dijo que mi madre no soportaba el arroz y asunto concluido. Ni siquiera le pregunté por qué. 

Y ahora, cuando mis sueños estaban rebosantes de tan primordial alimento, me arrepiento de no haberle hecho esa pregunta. Y una y otra vez la frasecita taladrándome las meninges: “nunca dejes que el arroz se enfríe..” 

Mientras, la situación clínica de mi madre permanecía estable, desesperadamente estable. Su cuerpo inmóvil, sus ojos cerrados… incluso me había acostumbrado ya al monótono pitido que, día y noche, emitía el monitor al que estaba conectada. Los médicos en principio, restaron importancia al tema y sólo me aconsejaron paciencia, pero ante la evidente tozudez de mi madre en no regresar de su particular limbo, comenzaron a preocuparse, y a preocuparme a mí, claro. 

– Creo que su madre no se despierta porque no quiere 

-¿Cómo? ¿Está fingiendo que duerme? 

– No es exactamente eso. Pero creo que se ha cansado de luchar y su inconsciente ha decidido marcharse de este mundo. Ha de recuperar las ganas de vivir, háblele, cuéntele cosas, recuerdos agradables, que sé yo. 

– ¿Pero ella me puede oír? 

– Científicamente no está claro, pero hemos comprobado que muchos pacientes reaccionan bien ante esos estímulos. 

Así que, para acabarlo de arreglar, me encasquetaron de un golpe la responsabilidad de encontrar algo que devolviera las ganas de vivir a mi madre. Nada menos. Pero en fin, habría que intentarlo. 

Comencé hablándole de mi vida, edulcorándola de algún modo para que a ella le motivara más, de lo que le echábamos de menos la abuela y yo, de los recuerdos de cuando era una niña, de mil detalles graciosos… Pero nada. Como el dicho, nunca más oportuno “que si quieres arroz, Catalina”. Y pasaba un día y otro día sin que nada cambiara. Y la dichosa frase, sin renunciar a amargarme el escaso sueño de cada noche: “nunca dejes que el arroz se enfríe…” 

Era preciso hacer algo, encontrar algo que hiciera que mi madre reaccionara, pero era difícil. Ella siempre había sido una mujer de pocas palabras y muy poco dada a contar intimidades. Con sorpresa, me percaté de lo poco que en realidad conocía a mi madre, y que mi egoísmo no me había dejado verlo hasta ahora. Mi madre siempre me preguntaba por mis cosas, me asediaba hasta que conseguía que se lo contara todo, notas, novios, amigas, aficiones, fiestas… pero nunca me contó nada suyo. Y quizás ya era tarde. Pero había que intentarlo. 

Haciendo memoria, no pude recordar ningún momento en que mi madre sonriera por razones diferentes a alguna que me atañera a mí directamente. En mis funciones del colegio, cuando mis notas eran buenas, cuando le contaba algo que me pasó y me parecía gracioso. Pero jamás sonrió por algo que le afectara a ella misma y, bien mirado, tampoco creo haberla visto reír de un chiste, o de una anécdota, o de un programa de televisión. Nunca. Yo siempre había pensado que ella era así, que era una mujer tristona y callada, aunque enormemente buena. Alguna vez quise anudar su casi permanente estado taciturno a la ausencia de mi padre, de quien apenas sabía nada, pero los pocos intentos de preguntar al respecto fueron rechazados de plano. Cuando fui creciendo, pensé que el hecho de que mi padre nos hubiera abandonado le afectó terriblemente, y que todavía no lo había superado. Probablemente, la dejó por otra mujer, y eso es un plato difícil de digerir. Así que decidí no hurgar en la llaga. 

A la desesperada, decidí emprender una pequeña investigación en busca de algo que moviera el maltrecho corazón de mi madre, en la medida que el tiempo que dedicaba a estar con ella me lo permitiera. Sólo contaba con mi abuela, que se había venido del pueblo donde nos criamos y ahora estaba conmigo en la ciudad, haciendo turnos para cuidar a mi madre, o más bien para hacerle compañía, porque hacer podíamos hacer poco. Por suerte, mi abuela era mayor pero disfrutaba de una salud de acero, y podía contar con ella como siempre había hecho. 

No sabía por dónde empezar en mis pesquisas. Mi madre y yo nos habíamos venido del pueblo cuando yo tenía unos ocho años, recuerdo que justo después de celebrar mi Primera Comunión, y no conocía a nadie que hubiera tenido relación con mi madre de joven. Bien pensado, tampoco conocía a alguien que la tuviera de mayor, más allá de mi abuela y yo. Mi madre nunca quedaba con amigas, ni trababa lazos ni intimaba con nadie, todo lo más con algún compañero de trabajo, y aún así, lo justo. Su mundo se reducía a mí y a mis circunstancias. A mí nunca me extrañó ni pensé en ello. Simplemente, me conformé con pensar que no era una mujer sociable, aunque fuera una madre excelente. 

No tenía otra vía que preguntar, o más bien interrogar, a mi abuela, que siempre había sido especialista en escaquearse sibilinamente a todas mis preguntas indiscretas. Y, desde luego, que ya sabía por dónde empezar… 

– Abuela, mi madre lo último que dijo antes de que le diera el infarto fue: “Nunca dejes que el arroz se enfríe…” ¿Tienes idea de por qué? 

– Y yo qué voy a saber, hija, estaría cocinando 

– Abuela, sabes de sobra que mi madre jamás hacía arroz 

-Pues no sé, habría oído algo en la tele. Dile cosas bonitas y déjate de bobadas. 

Mi abuela, como siempre, esquivó la pregunta, pero se puso nerviosa como pocas veces había visto. No me miró a la cara y se afanó en cambiar de tema. Ahí debía estar la clave, algo que yo no conocía y que seguiría sin conocer si no me empleaba a fondo. Y ahí estaba, como un mantra, persiguiéndome de nuevo aquella frase: “nunca dejes que el arroz se enfríe…” 

Tuve que emplear todas las dotes de persuasión que tenía, y las que no tenía, en sonsacar a mi abuela. Finalmente, entre lágrimas, me aseguró que había prometido no hablarme nunca de ello, que sentía que estaba traicionando a mi madre y no creía que la perdonase. Pero conseguí convencerla de que el fin justifica los medios, y que sacar a mi madre del abismo en el que se encontraba justificaba con creces romper una promesa hecha muchos años atrás. 

Mi madre se casó con mi padre enamorada hasta la médula. Al parecer, era una jovencita apasionada y habladora que vio en mi padre a su príncipe azul, con corcel blanco incluido. Aunque era guapo y encantador al trato, a mi abuela nunca le gustó, y ese rechazo no hizo sino que espolear el apasionamiento de mi madre y su decisión de casarse con él con mucha menos edad de lo que el sentido común aconsejaba. Pronto, como mi abuela se temía, el carácter jovial y franco de mi madre fue desapareciendo, y la que antes era una chica divertida y habladora dejó pasó a una mujer taciturna y callada. Ante la impotencia de mi abuela, mi madre iba rompiendo todos los lazos con amigas y parientes, y pronto dejó de relacionarse con alguien que no fuera su familia, y eso sólo en festividades señaladas. Mi abuela intentó hablar con ella, pero nunca le contó nada. Observaba desesperada cómo se apagaba por completo la llama que siempre había habido en la niña de sus ojos. Cuando yo nací, la cosa pareció mejorar, pero pronto volvió a ver a mi madre doblada por ese peso invisible que parecía llevar siempre encima. Su vida, ya entonces, se limitaba a su marido y a su hija. Ni siquiera trabajaba, porque después de mi nacimiento se dedicó en exclusiva a su casa y su hija. Y mi abuela no hacía nada, porque nada sabía ni podía hacer. Un día la llamó la policía: su hija había tenido un terrible accidente doméstico y estaba hospitalizada, debatiéndose entre la vida y la muerte. La imagen de mi madre exánime, con la cara tan magullada que apenas se la reconocía y con vendajes en todas las partes de su cuerpo es algo que mi abuela no olvidaría nunca. En principio, le contaron que le cayó un enorme caldero hirviendo en la cocina, que se cayó al suelo y perdió el sentido, y en la caída se causó todas aquellas lesiones. La historia era increíble y no tardó en saber la verdad. Había sido mi padre quien le había golpeado en todas las partes de su cuerpo, para acabar arrojando sobre ella el caldero que estaba al fuego. Fue él quien la golpeó, le causó graves quemaduras y la dejó inconsciente. Le contaron que lo hallaron llorando arrodillado sobre el cuerpo de ella, y que no opuso ninguna resistencia a la detención. Confesó y fue condenado a varios años de cárcel por intentar matar a su mujer, una condena dura y ejemplar en tiempos en que el maltrato familiar era visto como un delito menor, aunque nada decía la sentencia de los años en que había torturado a mi madre, conduciéndola al ostracismo más atroz. 

Mi abuela no podía continuar con su relato. Las lágrimas le ahogaban y la pesadumbre de no haber evitado aquello aún le pesaba en la conciencia. Sólo añadió que, cuando mi madre ya se había recuperado de las heridas de su cuerpo –que no las de su alma-, le contó que aquella terrible discusión comenzó porque, al llegar a casa, él le recriminó que el arroz que había cocinado estaba frío, ella intentó remediarlo poniendo al fuego un caldero con otra comida, y él, tras ensañarse a golpes con ella, se lo arrojó encima, directamente del fogón. Las quemaduras de su espalda le dejaron cicatrices y dolores que todavía perduran, después de tanto tiempo. Y debió dejar en su corazón un roto tan grande que finalmente se quebró aquel día en que desplomó ante mí en la cocina. Por eso, aún a punto de caerse muerta, le quedó fuerza para advertirme: “Nunca dejes que el arroz se enfríe…” 

Y ahora, quizás ya tarde, comprendo tantas cosas… Cuando era pequeña, y todavía vivíamos en el pueblo, le reprochaba constantemente a mi madre que fuera tan tristona, que nunca me llevara a excursiones con otros niños ni me acompañara a las fiestas; ella siempre respondía que no le apetecía, pero nunca me miró a los ojos cuando me contestaba. Siempre bajaba la cabeza, como buscando alguna diminuta mota de polvo en su sempiterno jersey de cuello vuelto. Cuando salíamos a hacer la compra, miraba constantemente el reloj, y si yo le pedía que parásemos a ver una tienda o a saludar a alguien, nunca accedía, diciendo que no quería que mi padre llegase y no estuviera en casa. Jamás iba a las reuniones del colegio, ni se quedaba a merendar con las otras mamás, pero si yo protestaba, enseguida me convencía con el argumento de que lo único que quería era estar siempre conmigo, y me cubría de besos, y me hacía la ropa más bonita y los platos más ricos. Incluso arroz, ahora lo recuerdo. 

Mi triste, callada y buena madre sólo me alzó la voz una vez, cuando, ya adolescente y viviendo en la ciudad, me sorprendió besándome con un chico en el portal. Cuando subí a casa, una lluvia de improperios, advertencias y recriminaciones me cayó encima sin esperarlo. Insistía en que era demasiado joven, que los hombres no eran cosa buena, que te encandilaban, y te enamoraban, y te hacían ver la vida de color de rosa para luego volverla negra para siempre… Me quedé estupefacta ante la salida de tono de mi madre, sobre todo, ante la sensación de oír su voz con mucha más fuerza que nunca antes la había escuchado. No supe ver más. Achaqué su reacción al despecho por ese abandono de mi padre que yo imaginaba pero del que jamás me habló, y pasé página. En lo sucesivo, simplemente tuve cuidado en que mi madre no supiera nada de mi vida amorosa. Ni de lejos se me pasó por la cabeza que mi madre, a su modo, quería advertirme, igual que hizo siempre. Hasta cuando la muerte le pisaba los talones, había sacado fuerzas de flaqueza para avisarme: “nunca dejes que el arroz se enfríe…” 

Continué el resto de mi investigación yo sola. Volví a casa, y busqué en ella algún vestigio de mi padre, algo que cerrara al círculo y permitiera a mi madre regresar al mundo en aquel punto en que lo dejó, hace tantos años… En la cocina, en el lugar donde había oído su voz por última vez, había un papel doblado. Tenía un sello del Juzgado. Temblando, lo desplegué y lo leí: Evaristo Martínez Fernández había sido excarcelado después de cumplir su condena en prisión. 

Lo comprendí todo. Mi madre, después de tantos años, todavía tenía miedo. “Nunca dejes que el arroz se enfríe…” 

Volví al hospital, entré en la habitación y cogí su mano: 

– Mamá, a mí el arroz me gusta frío. Y a quienes te queremos, también… 

De pronto, el monótono bip bip del monitor cambió de ritmo… y un soplo de vida entró en la habitación. Por fin.


viernes, 9 de abril de 2010

Terapia Ocupacional

Por Cruz Suárez


CÓMO HE CONSEGUIDO RECUPERAR PARTE DE MI INDEPENDENCIA SIENDO UNA MINUSVÁLIDA DEPENDIENTE

Debido a una enfermedad crónica que padezco desde los cuatro años, he pasado media vida visitando médicos, haciendo pruebas y padeciendo ingresos en hospitales. Hace ya mucho que descubrí que no me gusta nada todo lo relacionado con la medicina, aunque no me quede más remedio que depender de ella para vivir con normalidad, aún sabiendo que mi enfermedad no tiene cura y con los años van apareciendo las consecuencias de la medicación. En resumen, desde hace un año he ido perdiendo la movilidad en ambas manos, sufriendo un deterioro progresivo de mis articulaciones, me han concedido la invalidez absoluta y no me puedo valer por mi misma, algo que siempre dije no quería vivir. Estaba derrotada como persona y no me veía capaz de poder superarlo.

El reumatólogo que seguía mi enfermedad, decidió enviarme a rehabilitación para ver si se podía frenar el avance de mi imposibilidad. Tanto la doctora de rehabilitación como yo sabíamos que no se iba a poder hacer nada, pero ella decidió mandarme a un departamento de rehabilitación cuya existencia yo desconocía: TERAPIA OCUPACIONAL. Este departamento estaba situado en una esquina del gimnasio, tapado por unas cortinas colgadas de una barra del techo, lo que me hizo pensar que allí no iba a conseguir nada.

Hoy, mi vida ha cambiado notablemente y por eso he decidido escribir esta información porque se que puede ayudar a muchas personas que tengan problemas tanto físicos, psicológicos o sociales que interfieran en su vida cotidiana, tales como problemas articulares, deficiencias en su movilidad y dificultades para llevar una vida digna, aunque se sigan teniendo las deficiencias. Por eso quiero explicar lo que es esta disciplina relativamente nueva en el Departamento de Rehabilitación hospitalaria y hacerlo de forma que lo entienda todo el mundo.

Esta terapia, aplicada por terapeutas ocupacionales, disciplina sanitaria para la que se requiere una diplomatura universitaria, va dirigida a aquellas personas que tienen un trastorno psíquico o físico que les impide realizar por si mismo actividades de la vida diaria (vestirse, comer, ducharse, levantarse de la cama,……). La labor de estos terapeutas es ayudar a que personas con dificultades para realizar diferentes actividades alcancen el mayor grado posible de autonomía y de reinserción social.

Yo me quedé sorprendida cuando empecé a aprender a comer por mí sola, a abrocharme y desabrocharme los botones,…… Pero esto se consigue cuando el paciente desea profundamente manejarse con cierta independencia en la vida cotidiana y el terapeuta le enseña a realizar movimientos que antes no realizaba, animándole, sonriéndole e incrementando día a día la necesidad de otros logros. Sinceramente, yo ahora me siento una persona capaz de buscar soluciones ante cualquier problema que antes me daba pánico, he recuperado mi buen humor y, sobre todo, la idea de que puedo hacer planes a corto y medio plazo.

Esto lo escribo para que personas con dificultades de manejo personal sepan que hay forma de encontrar medios que le ayuden a luchar contra las barreras de la vida diaria. Eso sí, yo he tenido la suerte de encontrarme con una terapeuta como Maika y con Paloma, su alumna, gracias a las cuales me siento más segura de mis posibilidades en la vida. Son las terapeutas del Hospital Universitario Gregorio Marañón y son magníficas tanto como terapeutas como personas.

Una vez leído este texto, les agradecería lo comentasen con su entorno o les dijesen cómo pueden leerlo. Lo único que pretendo es que personas con algún tipo de incapacidad sepan que existe un departamento de terapia ocupacional en el que pueden aprender algo tan importante como es recuperar gran parte de la independencia que tenían y que, dentro de sus posibilidades, sean capaces de sentirse útiles y menos dependientes de los demás.


Cruz Suárez

miércoles, 26 de agosto de 2009

Elegía a Miguel Hernández

Autor: Julio Liberal

El próximo año 2010, se cumplirá el centenario del nacimiento del poeta oriolano Miguel Hernández. De hecho, ya han comenzado a celebrarse algunos actos ahora, en el 2009. Quien esto escribe, desde el respeto y la admiración por la vida y la obra del creador de "El Rayo que no cesa", quiere rendirle su sentido y afectuoso homenaje, con esta humilde semblanza.

*

Miguel Hernández nació en Orihuela, un pequeño pueblo del Levante español, rodeada del oasis exuberante de la huerta del Segura, el 30 de octubre de 1910. El chicuelo pasó su niñez e infancia pastoreando un pequeño hato de cabras. Por las tardes ordeña las cabras y se dedica a repartir la leche por el vecindario. Miguel tuvo pocos juguetes, pero se extasiaba contemplando la Naturaleza y sus misterios: la luna y las estrellas, la lluvia, conoció las propiedades de diversas hierbas, los ritos de la fecundación de los animales. En aquellas soledades, comienza muy pronto a escribir pequeños versos, a la sombra de un árbol, realizando sus primeros experimentos poéticos.

Recordando aquellos años, escribiría el poeta unos sentidos versos sobre la ilusión, y la posterior decepción de no recibir juguetes por la festividad de Reyes.



LAS ABARCAS DESIERTAS

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.
Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.
Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda la gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y un mundo de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas 


Miguel fue autodidacta, únicamente asistió a la escuela durante dos pequeños periodos, de los 6 a los 9 años y de los 14 a los 15. Precisamente fue en ese curso de 1924, en el colegio de los Jesuitas, cuando coincidió con quien llamaría su "amigo del alma" Ramón Sijé, tres años menor que él, y ya no se rompería su amistad, hasta que la muerte se llevó a Ramón a la temprana edad de veintidós años. Miguel Hernández escribió una elegía por la muerte de su amigo, que ha quedado como paradigma de la poética española.



"En Orihuela, su pueblo y el mío, se me
ha muerto como el rayo Ramón Sijé, con quien
tanto quería".


Ramón Sijé no era su verdadero nombre, sino un seudónimo que adoptó José Ramón Marín Gutiérrez. Igualmente su hermano Justino tomaría el de Gabriel Sijé.

La amistad de los hermanos Marín Gutiérrez sería muy importante en la vida del poeta pastor. Sobre todo Ramón, influiría en la vida y obra de Miguel, y le animaría en los momentos de desanimo de éste. No lo tendría fácil el joven poeta.

En 1925, a los quince años de edad, tiene que abandonar, definitivamente, el colegio para volver a conducir cabras por las cercanías de Orihuela. Pero sabe embellecer esta vida monótona con la lectura de numerosos libros de Gabriel y Galán, Miró, Zorrilla, Rubén Darío, que caen en sus manos y depositan en su espíritu ávido el germen de la poesía.

Ramón Sijé, joven estudiante de derecho en la universidad de Murcia, le orienta en sus lecturas, le guía hacia los clásicos y la poesía religiosa, le corrige y le alienta a proseguir su actividad creadora. El mundo de sus lecturas se amplía. El joven pastor va llevando a cabo un maravilloso esfuerzo de auto- educación con libros que consigue en la biblioteca del Círculo de Bellas Artes. Don Luis Almarcha, el entonces canónigo de la catedral, le orienta e instruye, y le presta también libros. Poco a poco irá leyendo a los grandes autores del Siglo de Oro: Cervantes, Lope, Calderón, Góngora y Garcilaso, junto con algunos autores modernos como Juan Ramón y Antonio Machado.

Las inquietudes literarias de Ramón y Miguel, junto con los hermanos Sijé, y con el panadero Carlos Fenoll, les animan a reunirse periódicamente en la tahona propiedad del padre de éste, formando el llamado "Grupo de Orihuela". Tienen que celebrar las reuniones al acabar la jornada, para compaginar su trabajo o sus estudios con estas aficiones literarias. Su voracidad por la literatura le aportaría el sedimento que le sería tan necesario para conseguir jugar, y conjugar las palabras, y formar con ellas, los bellos, armoniosos, emotivos y desgarradores poemas de su producción literaria. 

Desde 1930 Miguel Hernández comienza a publicar poemas en el semanario El Pueblo de Orihuela, y en el diario El Día de Alicante. José María Ballesteros, médico y escritor, escribe en la revista "Voluntad", sobre "Un Pastor que escribe Versos". Su nombre comienza a sonar en revistas y diarios levantinos.

En 1931 se libra del servicio militar por excedencia de cupo, y verá con envidia cómo sus amigos partirán a cumplir con sus obligaciones militares. Lo que para la mayoría de los jóvenes hubiera sido una gran suerte, para Miguel constituiría un contratiempo toda vez que esperaba esta oportunidad para conocer el mundo y escapar de su vida de cabrero, a la que su padre le tenía aferrado. Serán sus amigos Ramón Sijé, Augusto Pescador, Juan Bellod, y otros, los que conseguirán facilitarle "unos duros", dinero con el que marchará a Madrid el 30 de Noviembre, pero, al no encontrar el apoyo que esperaba, para presentar Perito en lunas, regresa a Orihuela. Participa en un homenaje a Gabriel Miró. Por fin, en diciembre de 1932, se edita éste, su primer libro, apoyado para ello por Raimundo de los Reyes, director de la sección literaria del diario "La Verdad de Murcia", y por Ramón Sijé. El contrato de edición se firmará definitivamente el 1 de diciembre con el aval de D. Luis Almarcha, vicario general de la diócesis, y de D. José Martínez Arenas, abogado de la ciudad, que será quien le subvencione la edición de 300 ejemplares que costaron 400 pesetas.

En uno de los continuos viajes a Murcia, Raimundo de los Reyes le presenta a Federico García Lorca, que se encontraba realizando una gira con "La Barraca".

En 1934 realiza su segunda escapatoria a Madrid. Este viaje supone un cierto triunfo para él. Se publica en la revista Cruz y Raya su auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras. En esta ocasión conocerá mejor el ambiente literario. Ahora comienza a relacionarse con grandes poetas como Alberti, Rosales, Aleixandre y Neruda.

En 1935 colabora con José María de Cossío en su enciclopedia Los Toros.

Regresa a Orihuela en el verano de 1934, y en septiembre formaliza su noviazgo con Josefina Manresa, regalándole el soneto, "Te me mueres de casta y de sencilla".

El 24 de diciembre de 1935 muere su hermano literario, Ramón Sijé, a quien dedica su celebérrima elegía, que se la publicarán en 1936. También se edita su libro de poemas "El rayo que no cesa".



ELEGÍA A RAMÓN SIJÉ

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano. (…)
.
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento. (…)
.
A las aladas almas de las rosas...
de almendro de nata te requiero,:
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero


También escribiría una elegía a la novia de Ramón Sijé, menos conocida, pero aún si cabe, más desgarradora. Extraeré solo unas breves estrofas.



ELEGIA A LA NOVIA

(En Orihuela, su pueblo y el mío se ha que-
dado novia por casar la panadera de pan más
trabajado y fino, que te han muerto la pareja
del ya imposible esposo)
.
Tengo ya el alma ronca y tengo ronco
el gemido de música traidora....
Arrímate a llorar conmigo a un tronco:
retírate conmigo al campo y llora
a la sangrienta sombra de un granado
desgarrado de amor como tú ahora.



Ya la carrera de Miguel está en marcha, imparable. Por fin su nombre comienza a sonar en Madrid, y en otros puntos de España, pero, el estallido de la guerra civil interrumpirá sus proyectos. El 18 de Julio, Miguel se incorpora en el Ejército Popular de la República en la sección de voluntarios Milicianos, siendo llevado en los primeros momentos, a cavar trincheras en los alrededores de Madrid. De allí el Comandante Valentín González "El campesino", lo incorporará a su 5º Regimiento, como Comisario de Cultura, participando en la sección de "Altavoz del Frente".

Miguel sigue haciendo lo que sabe, y lo que le dicta su conciencia. Sus armas son el lápiz y la palabra. Por esta época se produce el asesinato del padre de su novia, Guardia Civil, en Elda.

El 9 de Marzo de 1937, consigue un permiso, y se casa en Orihuela con Josefina Manresa. Escribe "Teatro en Guerra" y participa en el II Congreso de intelectuales en Defensa de la cultura, celebrado en Madrid y Valencia. Y con carácter internacional, visita Alicante y da una charla en el ateneo. De Agosto a Octubre viaja a la URSS para asistir al V Festival de Teatro Soviético, visitando varias capitales europeas. El 19 de diciembre nace su primer hijo, Manuel Ramón. Diez meses después, el niño morirá. "Murió con los ojos bien abiertos como dos golondrinas…" diría el poeta.

El 4 de Enero de 1939 nace su segundo hijo, Manuel Miguel, a quien le dedicaría sus famosísimas "Nanas de la cebolla" (murió en 1984).

Tras terminar la Guerra Civil, intenta el exilio recurriendo a varias embajadas como la de Chile. Marcha de Madrid a Portugal a mediados de Abril y es detenido en Rosal de la Frontera, siendo apaleado y entregado a la policía española.

Miguel, pasará por más de trece cárceles españolas. En Enero de 1940 es juzgado rápidamente y condenado a muerte, siéndole conmutada la pena por gestiones de sus amigos, por la de 30 años de cárcel. En una de esas prisiones, se encontrará con el dramaturgo alcarreño Buero Vallejo, que le hará el famoso retrato.

Temía Hernández que su hijo, a quien llevaba sin ver mucho tiempo, no lo reconociese, y pidió al compañero de cárcel Antonio Buero Vallejo, un retrato para enviar al pequeñín. El eminente dramaturgo, dibujó a lápiz unos días después, de la sentencia de muerte de Miguel, su cabeza, que ha quedado popularizada en todos los libros del poeta. Este se la hizo llegar a Josefina, con una nota:

"No quiero dejar de cumplir en lo que puedo mi palabra, y ya que no puedo ir de carne y hueso, iré de lápiz, o sea dibujado por un compañero de fatigas, como verás, bastante bien. Se lo enseñaras al niño todos los días, para que vaya conociéndome, y así no me extrañará cuando me vea".

El frío, las malas condiciones higiénico-sanitarias, y la pobre alimentación, más el hecho de sentirse enjaulado, hicieron que este ruiseñor, al que habían enmudecido su voz, y acallado su hermoso canto, enfermara de tuberculosis.

Josefina, su esposa le visitaba con frecuencia y, cuando podía, le llevaba el desayuno a la cárcel.

La mañana del 28 de marzo, no la dejaron pasar y rechazaron lo que la esposa le llevaba. Miguel había expirado esa misma madrugada. La frase "Adiós camaradas, amigos despedidme del sol y de los trigos" que se atribuye a Miguel, y que debió escribir en la pared, es obra de un poeta hispanoamericano llamado Elvio Romero.

En 1986 sus restos fueron trasladados al Panteón de alicantinos ilustres, cedido por el Ayuntamiento de Alicante.
Su voz siguió enmudecida y acallada para los españoles durante muchos años, durante la dictadura de Franco.

En Hispanoamérica se difundió su obra en México, Argentina, Venezuela, pero en España aún pasarían muchos años hasta poder deleitarnos con su portentosa obra.

Pobre Miguel. Naciste en una aciaga época. Tú llegaste y viviste, tal como diría tu compañero Antonio Machado, “entre una España que muere y una España que bosteza”. A ti fueron las dos quien te helarían el corazón.

Julio Liberal

El Boalo, Julio 2009